Centro de Meditación en Almeria

Tierra Mojada

      El olor a tierra mojada sigue siendo, desde la infancia, uno de los dulces motores que me invitan a la reflexión y a la escritura. Acostumbrado, también, a cultivar la alquimia de las palabras en lugares inhóspitos, agradezco hoy el regalo de la lluvia en Albagnano, en un lugar propicio para el amor, como decía el poeta.
Hoy es, para mí, un lugar propicio para la esperanza, esa tierra fecundado de difícil acceso en momentos de crisis y amenazas globales.
Asistimos, no sin pesar, a los efectos devastadores del capitalismo globalizado. Además de la vertiente económica y social, la crisis tiene una dimensión ecológica profunda, y ha sembrado en occidente serias dudas sobre la legitimidad de las democracias parlamentarias, en las que se han instalado la corrupción y la inacción. Pero hoy la esperanza no es sólo para mi una etérea idea platónica, si un mero ideal regulativo kantiano, cargado de buenas intenciones, en el mejor de los casos.
         Hay lugares en los que creemos reconocer la huella de los dioses. Mi amiga María López me desea desde Almería que me llene de la luz pura de todas las deidades que aquí habitan, y no va desencaminada. Todo está “lleno de dioses”, proclamaba Tales de Mileto en el siglo VI antes de nuestra era, y prueba de ello es esta tierra mojada, la respiración del bosque, el hilo de la madeja de las emociones que se airean y están a flor de piel en los visitantes y residentes de este singular punto de encuentro alumbrado por los hijos de la paz. La solidaridad sigue siendo una tarea pendiente para el mundo contemporáneo y la campana del templo de Albagnano anuncia la esperanza.
Las trenzas de dos niñas se  mecen en una improvisada carrera. Los relámpagos rasgan el tono uniforme de los rezos. Los rezos tejen una atmósfera solemne y fraterna, y trepan hasta alcanzar la copa de los árboles, reptando finalmente hasta la cima de las montañas, con el Lago Mayor como testigo plateado.
     Y yo escucho la esperanza en las fuentes, en los besos que la lluvia da a la tierra y en las campañas que se agitan en los valles que los celtas tenían por sagrados. Saboreo la esperanza en la tarta de cumpleaños del Lama Gangchen Rimpoché y en la mirada brillante de los amigos que celebran su reencuentro con una juventud renovada, a pesar de los años, la enfermedad  y la muerte como horizonte cercano. Acaricio también la esperanza en la dorada piel del silencio, en las líneas curvas de las hortensias y el relieve amable de la paz de los adentros. Veo la esperanza  con una claridad inusual en los frutos renovados de muchas mentes solidarias y amantes del conocimiento. Y vuelvo a disfrutar, como en la infancia, de la fragancia envolvente y circular de la tierra mojada, sabiendo, a ciencia cierta, que es el perfume amante de la esperanza.
Rafael Guardiola Iranzo

Deja un comentario