Centro de Meditación en Almeria

Solidaridad sin Banderas

El centro de Málaga está hoy inundado al desbordarse el serpenteante río de visitantes foráneos e industriosos nativos.

Es una viva imagen de la sociedad del ocio protegido y del culto a las deidades de la utilidad, el consumismo y el poder del dinero. Las viejas categorías de la economía política marxista del “valor de uso” y el “valor de cambio” son dueñas y señoras del presente, y nos seducen sin tregua.

Acabo de ver por encima varios vídeos que ha grabado mi amiga Kety en Katmandú (Nepal) y he buscado refugio en una tetería cercana a la iglesia de San Agustín para poderlos ver con detenimiento y, tal vez, escribir un rato. Me gusta esta tetería, porque es cosmopolita y en ella puedo escuchar las campanas de la iglesia mientras saboreo un té moruno con hielo sin pensar demasiado en la tiranía del tiempo. Aquí me resulta fácil evocar el pasado y crear mundos posibles. Y al ver a Kety en tierras lejanas, visitando a jóvenes estudiantes “tutelados” por “Ahimsa”, el Centro de D. y E. para la paz y la solidaridad con el mundo empobrecido, he sentido vivamente el calor de la amistad y el significado de lo valioso, más allá del valor de uso y el valor de cambio de los objetos, los sucesos y los procesos.

Aunque el acceso al conocimiento se muestra aquí como una hermosa herramienta para acceder a una vida más digna, trasciende su carácter utilitario y traza un horizonte presidido por dos valores, por dos criterios de elección imprescindibles en todo momento, especialmente en el que nos ha tocado vivir: la paz y la solidaridad. Y todo ello en un mundo rico en recursos, pero sacudido por la lacra de la pobreza que los Estados parecen no querer evitar, porque hace cada más ricos a los ricos.

Hoy, 14 de julio, es el aniversario de la Revolución Francesa, de ese acontecimiento que sacudió los cimientos de la sociedad estamental y enarboló, como la mujer del famoso cuadro de Delacroix, la bandera de la libertad. La igualdad fue la gran conquista de los procesos revolucionarios que alumbrara el movimiento obrero en los siglos XIX y XX. La solidaridad, la fraternidad universal, el último de los ideales del famoso lema de la Revolución Francesa es todavía una tarea pendiente. Esta circunstancia y el hecho de que las conquistas en materia de libertad e igualdad sean muy frágiles (en la práctica, rara vez se trascienden los aspectos formales y las declaraciones de intenciones), me hacen pensar que es preciso sustituir las concepciones caducas de la acción política (que no es otra cosa que la búsqueda del bien general). Tal vez estamos esperando que el Estado moderno resuelva nuestras dificultades, cuando el propio Estado es una parte o incluso la totalidad del problema.

Por eso me emociona vez a Kety recorriendo las calles de Katmandú con sus bolsas de fruta para obsequiar a algunas familias del mundo gravemente empobrecido, o promoviendo talleres para fomentar la comunicación no violenta. Me emociona, porque ésta es una vivencia de la política como acción solidaria y pacífica que comparto, desprovista de la pátina del paternalismo etnocentrista y llena de esperanza. He tenido la ocasión de ver, muchas veces, cómo personas admirables, como el Lama Gangchen, formulan con firmeza un deseo enraizado en la mejora del ser humano, y cómo se obra el prodigio de su realización, venciendo todo tipo de dificultades. Logran que se movilice lo mejor de nosotros, y nos hacen reconsiderar el poder y las virtudes de la colectividad y la acción colaborativa.

No va a quedar una esquina de Katmandú sin explorar. No puedo por menos que felicitar a Kety (y de paso, a Antonio): una mujer extraordinaria que es capaz de ser una excelente embajadora del amor y la comprensión, y una audaz reportera de la vida cotidiana que no quiere que nos olvidemos del esfuerzo de sus ahijados nepalíes para vencer la condena de la pobreza material y espiritual. Después de considerar detenidamente su testimonio me pregunto: ¿qué hago yo sentado cómodamente en el sofá del salón agobiado por problemas que no lo son? Gracias, Kety, por mostrarme que hay otra vida, y que ésta no está reñida ni con la alegría, ni con la esperanza.

 

 

 

 

RAFAEL GUARDIOLA IRANZO

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